mardi 13 mai 2008

EL SENTIDO DE UNA ASOCIACIÓN DE ATEOS

Intervención de Paco Miñarro, Coordinador de la Federación Internacional de Ateos (FIdA) en el acto de presentación de la Asociación Madrileña de Ateos y Librepensadores (AMAL) celebrado el domingo 11 de mayo de 2008 en el Salón de Actos “Federico García Lorca” de Rivas-Vaciamadrid.

Compañeras, compañeros.

No siempre tenemos la oportunidad de asistir a la fundación de un colectivo de ateos y librepensadores. En realidad, no es fácil que los ateos demos el paso que va desde el individualismo y la reflexión personal hasta la integración en un proyecto común y participativo. Sin embargo, no se puede dudar de que formamos parte de un movimiento que crece, que adquiere experiencia y que se enfrenta, abiertamente, a lo que quizá puede calificarse como el fenómeno más determinante de nuestro tiempo: el conflicto entre la sociedad civil y las tradiciones religiosas.

Un conflicto que no es nuevo, ya que hunde sus raíces en la oposición dialéctica entre tradición y modernidad que forjó el carácter de la cultura de Occidente. Pero un conflicto que, no obstante, adquiere en el siglo XXI unos caracteres propios, cuya particularidad reside en el retorno de lo religioso como factor de identidad colectiva y en su compleja relación con las nuevas tecnologías de la comunicación.

Una marea conservadora amenaza nuestro mundo. “El desierto avanza”, advirtió ya Nietzsche en su siglo. La democracia y el laicismo se enfrentan a un retroceso fomentado por el comunitarismo y por las exigencias de la fe religiosa.

Se pensó, hace un tiempo, que los avances científicos y tecnológicos bastarían por sí solos para desterrar el oscurantismo y la presión de los fanáticos. Que las viejas supersticiones caerían rendidas ante el saber humano, o que “dios” había muerto, dejando a las iglesias en un proceso de decadencia irreversible. El optimismo de la modernidad dio paso, sin embargo, a la experiencia del abandono y el desarraigo, y los vengativos ídolos fueron nuevamente alzados como estandartes, y sus ejércitos de fieles de nuevo armados y en pie de guerra. La revancha se había anunciado con antelación. Pero apenas fue perceptible para muchos.

Dos fenómenos se han conjugado al respecto del retorno de lo religioso. En primer lugar, la persistencia en el inconsciente colectivo de la idea de un dios como garante de la miseria existencial, y en consecuencia el aprovechamiento de las instituciones religiosas para mantener un espacio ritual en las sociedades sobre las que ejercen su influencia. Y, en segundo lugar, la radicalización de los creyentes más activos y la recuperación de códigos medievales de interpretación, lo que sin duda favorece el espejismo de un enfrentamiento entre las diferentes facciones religiosas.

Pero se trata, al fin, de un espejismo. La deriva fundamentalista del Vaticano y del Islam, por citar sólo las más cercanas a nuestra experiencia social, no responde a un paralelismo reducido a las apariencias, sino que es aplicable, y sobre todo, a sus ambiciones. Ambos dogmatismos teológicos se nutren del mismo maná, y ambos elaboran la imagen del mismo miedo. El enemigo de una religión no es nunca otra religión, sino la realización práctica de una sociedad libre y emancipada.

Es el ateísmo, como afirmó Ratzinger en su última encíclica, junto con el relativismo moral, el hedonismo y el laicismo, lo que más temen estos chamanes totalitarios. Su objetivo no es económico, o no lo es sino hasta cierto grado. En realidad, toda religión se explica como un intento de programación de las existencias individuales, es decir, como propaganda de masas en su estado más puro. La “conversión”, así, se entiende en su sentido más concreto, el de “captación” y sometimiento. Tal es el objeto de la llamada “segunda evangelización”.

Comprendido así, el papel de la razón puede ser visto como el de una “resistencia”, puesto que, para el lenguaje engañoso de los teólogos, la defensa de sus propios intereses implica siempre el desarrollo de un abanico de ofensivas tendentes al cautiverio de la razón. Los mercenarios de la creencia aspiran a imponer el imperio de su neurosis, inoculando en el cuerpo social sus fantasías dogmáticas y sus juicios éticos. Desafían a la ciencia, con la esperanza de mantener a sus fieles presos de la infantil visión de un mundo tutelado por sus fantasmas. De ahí la fundamental importancia concedida por Ratzinger a la relación entre razón y fe. Visto adecuadamente, tal empresa tiene el sentido angustioso de un declive, porque ya no es posible ningún acuerdo entre la cultura y la religión. Por eso el clero de cualquier pelaje actúa siempre contra la cultura, apelando al derecho imaginario de ser respetado por la crítica.

Es prioritario, para las fuerzas de la religión, inyectar en la sociedad elementos morales que favorezcan sus privilegios. Esto hace evidente que los argumentos a utilizar por una organización laicista o atea deberán ser preferentemente aquellos que revelen la naturaleza impositiva del clericalismo y el radical equívoco que implica el ejercicio de una política multiconfesional. La religión, como asunto privado, ha de ser simplemente excluida del espacio público.

¿Cuál es el sentido de una asociación de ateos? Precisamente, el que surge de la convicción del carácter no neutral de la psicopatía religiosa, y que por ello obliga a la movilización y a la responsabilidad pública. No nos asociamos para practicar un onanismo teórico, ni para solidarizarnos con nuestros afines, ni para levantar capillas al ateísmo ideológico. Lo hacemos con el fin de interactuar con la situación política y con el medio social y cultural. Con el fin de responder con fuerza al clericalismo y al conservadurismo. Proponiendo una práctica de libertades y de derechos, y una presión constante sobre los medios de prensa y sobre las instituciones y responsables políticos.

Al menos, es así como lo entendemos en FIdA, y confiamos en que la trayectoria futura de la Asociación Madrileña de Ateos y Librepensadores también aspire a practicar un ejercicio exigente, tanto en el ámbito de la alerta frente a los fundamentalismos como en la tarea de reivindicar una democracia laica, en la que exista una completa y definitiva separación entre el Estado y las diferentes confesiones religiosas.

Los mecanismos de trabajo y los medios de acción caracterizan a cualquier colectivo casi más que sus objetivos programáticos. Sobra decir que sus socios habrán de elaborar las estrategias más adecuadas a sus campos de intervención, y teniendo en cuenta las obsesiones antilaicistas del Gobierno de la Comunidad de Madrid, no es difícil aventurar que no faltarán ocasiones para alzar la voz. En todas ellas tendrán, los miembros de AMAL, el apoyo, el respeto y la colaboración de FIdA.

Finalmente, quiero dar las gracias al Ayuntamiento y al pueblo de Rivas-Vaciamadrid. Los responsables de su gestión han demostrado una iniciativa ejemplar en defensa de los derechos y libertades de la ciudadanía. Y han comprendido, a diferencia de muchos otros representantes políticos de la nación, la importancia fundamental que posee una convivencia regida por los principios del laicismo y de la libertad de conciencia.

Muchas gracias a todos.

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