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jeudi 8 janvier 2009
Septiembre 28 de 2006 Contra la astrología Autor: Alfonso Arias Bernal |
Con esta adaptación comentada del libro Astrología ¿ciencia o creencia? de Manuel Toharia, se abre una nueva controversia: esta vez con los creyentes en los influjos de los astros sobre la conducta humana.
- Introducción.
- Las constelaciones.
- El Zodíaco.
- La precesión de los equinoccios.
- Las fuerzas.
- Los planetas.
- Los aspectos y las casas.
- Pruebas estadísticas.
- Conclusiones.
Debemos establecer una clara diferenciación entre lo que sabemos y lo que creemos. No se trata, en principio, de dilucidar lo que es verdad y lo que no lo es. Una creencia bien podría llegar a demostrarse verdadera y algo que sabemos podría llegar a demostrarse que es falso: el asunto por esclarecer es el camino que hemos seguido para llegar a ese conocimiento.
"Isaac Newton formuló magistralmente y de forma sencilla la ley de la gravitación; no creía en ella, simplemente la demostró. En cambio, jamás demostró que las predicciones astrológicas pudieran cumplirse, simplemente creía en ellas...". Aunque cabría imaginar otras definiciones de ciencia, aceptaremos aquí la identificación de lo que sabemos con lo cientifico y la forma como llegamos a ese conocimiento, es decir el método, como la ciencia. Este método consiste en plantear hipótesis coherentes con lo que anteriormente se sabía, en la verificación de las hipótesis mediante observaciones y en la generalización de las observaciones, de tal modo que sean reproducibles en todos los lugares y por parte de todas las personas.
Se trata entonces de determinar si la astrología es, en este sentido, una ciencia o una creencia. Para el efecto se aplicará a la astrología la clase de razonamiento que regularmente se usa en la ciencia y se verá si después de ello esta disciplina mantiene su coherencia y verosimilitud.
La agrupación de las estrellas en constelaciones tuvo probablemente un origen mnemotécnico y en manera alguna corresponde a un patrón necesario: su delimitación fue un proceso intelectual completamente arbitrario. Lo mismo puede decirse del nombre que les fue asignado. Para demostrar lo anterior basta con hacer un pequeño recuento. La constelación de la Balanza (Libra), no era considerada como tal por los babilonios: sus estrellas pertenecían a Escorpión. El conjunto de estrellas que en Francia se llama la Cacerola, en Inglaterra es el Arado, en China era un Burócrata Celeste, en Europa medieval era una Carreta, para los egipcios eran tres figuras, un toro, un hombre y un hipopótamo con un cocodrilo a cuestas y, finalmente, para los griegos era la cola de un oso.
Como muy bien lo dice Carl Sagan, "esas figuras no son, por supuesto, una realidad del cielo nocturno; las ponemos allí nosotros mismos. Cuando éramos un pueblo cazador veíamos cazadores y perros, osos y mujeres jóvenes, las cosas que podían interesarnos. Cuando en el siglo diecisiete, los navegantes europeos vieron por primera vez los mares del Sur, pusieron en el cielo objetos de interés para el propio siglo diecisiete: tucanes y pavos reales, telescopios y microscopios, compases y la popa de los barcos. Si las constelaciones hubieran recibido su nombre en el siglo veinte, supongo que en el cielo veríamos bicicletas y neveras...”
Podría pensarse que el agrupamiento de las constelaciones obedece a que las estrellas que las conforman están más o menos juntas, y presentan o sugieren más o menos una estructura. La realidad es bastante decepcionante a este respecto. En primer lugar, si se mira al cielo en una noche sin luna y lejos de las luces de la ciudad, cosa que por desgracia hacemos hoy con menos frecuencia de lo que deberíamos, se observa que las estrellas son muchísimas más de las que delimitan las constelaciones y que su aspecto es tan confuso que se requiere un verdadero esfuerzo de la imaginación y de la vista para discernir el contorno de una constelación; ni se diga la dificultad de ver en esa confusa forma el cuerpo de un león, por ejemplo, o de una mujer. Sagitario comprende solamente unas pocas docenas de estrellas visibles a simple vista, sin una forma especial. Capricornio es igualmente dificil de identificar pues carece de estrellas destacadas; lo mismo ocurre con Acuario, Piscis y Aries. Una constelación no zodiacal, Casiopea, es conocida con frecuencia como la uvé doble (W), sin que nadie sea capaz de distinguir en ella la figura de esta reina de Etiopía, madre de Andrómeda. Los mayas, por su parte, veían en la constelación del Toro (Tauro) nada menos que una serpiente cascabel.
En segundo lugar, aún después de distinguir la forma de una constelación en el cielo, debe tenerse en cuenta que esta forma no es otra cosa que una ilusión de la perspectiva. Al mirar por una ventana vemos en un mismo plano aparente un árbol cercano y una lejana iglesia que se asoma entre el ramaje; no podemos de allí deducir que la iglesia está realmente entre las ramas del árbol, ni que árbol e iglesia formen una estructura de algún tipo: se trata de una ilusión de la perspectiva. Lo mismo sucede con las constelaciones: generalmente están conformadas por estrellas que distan mucho entre si. Veamos un ejemplo de esto: en la constelación del León (Leo), está la estrella Algebia, que dista de la tierra 90 años-luz; Denébola, en cambio, está a la mitad del camino (42 años-luz); Regulus está a 85 años-luz, pero Eta Leonis, la séptima estrella más brillante de la constelación, está a más de mil años-luz de Regulus.
Vemos, pues, lo siguiente: las estrellas que conforman una constelación, a pesar de parecer cercanas, en realidad, en muchos casos, no lo están; aun si lo estuvieran, la distribución de las estrellas en el cielo es tan confusa que en términos generales su agrupamiento seguirá siendo nada más que un ejercicio del capricho y la imaginación de los hombres; y aun en el caso de que esta distribución sugiriera su agrupamiento en las constelaciones que hoy conocemos, su asociación con la forma de un león, un escorpión o un carnero permanecería como una total arbitrariedad.
Si sorprende la pretensión de atribuir a un conjunto tan arbitrario de estrellas una influencia coherente en el carácter y en el destino de los hombres, resulta aún más asombroso que esta influencia dependa no tanto de las características objetivas o fisicas de las estrellas que conforman las constelaciones, sino del nombre que se les ha asignado, es decir, de la forma con la cual se asocian. Por ejemplo, los nacidos bajo el signo de Libra son, como era de esperarse, equilibrados, maduros. Los nacidos bajo Escorpión son violentos, tortuosos, misteriosos. Y así sucesivamente, atribuyendo a los astros unos valores intrínsecos que no tienen nada que ver con su naturaleza.
No todas las constelaciones del firmamento tienen una significación especial para la astrología, únicamente las zodiacales gozan de este privilegio. Las constelaciones zodiacales son aquellas que se encuentran en el camino aparente que sigue el sol durante el año; este camino se conoce como la Eclíptica. Parece que en sus albores las civilizaciones egipcia y mesopotámica ya habían dividido la Eclíptica en 12 constelaciones, quizá ligadas a los 12 meses lunares; esto probablemente ocurrió diez milenios antes de nacer Cristo, antes incluso de que se inventara la escritura.
No obstante, el verdadero invento del Zodíaco se debe a los caldeoasirios quienes empezaron a llevar un registro cronológico escrito a partir del año 747 a.C. Los caldeoasirios, identificaron inicialmente 18 constelaciones zodiacales, número que después se redujo a 11. En términos generales, las constelaciones de los caldeoasirios coinciden con las nuestras, a excepción de la Balanza (Libra), la cual, como ya se dijo, fue agregada más tarde. La Virgen (Virgo), por su parte, era conocida como la Espiga de Trigo, nombre que conserva una de sus estrellas (Spica, una de las más brillantes del firmamento); éste era el símbolo de Ishtar, diosa del amor y la fecundidad, que luego se convertiría en la Afrodita griega y en la Venus romana. El Zodíaco caldeoasirio sería recogido por Tolomeo en su Almagesto, pero muy especialmente en su otra obra, el Tetrabiblos, verdadera biblia de la astrología, y de allí llegaría a nosotros sin mayores cambios.
Hasta aquí todo parece bastante claro: el Zodíaco (la Eclíptica) se divide en 12 tramos, aproximadamente iguales; en cada uno de esos tramos (correspondientes a los 12 meses del año), se encuentra una de las 12 constelaciones zodiacales. Pero esto no es así: por lo menos una de las constelaciones que se encuentran sobre la Eclíptica no es considerada zodiacal. Se trata de Ofiuco, en la cual permanece el sol nada menos que durante las tres primeras semanas de diciembre; mucho más de lo que permanece en Escorpión, Cáncer, Libra o Acuario. Es una omisión bastante notoria, pero si se incluyera esta otra constelación quedaría arruinada la correspondencia de los doce meses del año con las 12 constelaciones zodiacales.
Quizás por esta razón la astrología optó por ignorar a Ofiuco y arrimar a los nacidos bajo esta constelación a otro signo. Pero el asunto es más complejo, pues en realidad el Zodíaco es una banda de 17 grados de ancho (8,5 grados a cada lado de la Eclíptica), y en esta banda penetran, así sea parcialmente, hasta una veintena de constelaciones. Todo esto es ignorado de plano por la astrología.
4. La precesión de los equinoccios.
Podría argumentarse que las afirmaciones anteriores no son más que el producto de la mente en exceso puntillosa y meticulosa de los cientificistas obstinados y que, si se hace un poco holgado el concepto de aproximadamente , se puede afirmar que las 12 constelaciones zodiacales coinciden aproximadamente con los 12 meses del año. De tal manera que, por ejemplo, entre diciembre 20 y enero 19, el Sol estará aproximadamente en la constelación de Capricornio, y entonces puede decirse que los nacidos entre esas dos fechas, nacieron bajo el signo de Capricornio. Pero es aquí donde surge un problema difícil de soslayar: ¡El sol no está en Capricornio ni un solo día entre el 20 de diciembre y el 19 de enero! Durante este período el sol estará en Sagitario. Este corrimiento de más o menos un signo ocurre para todos los signos del Zodíaco, con respecto a todos los meses del año.
¿Cómo podrían haberse equivocado de este modo los antiguos caldeoasirios y el propio Tolomeo? En verdad, ellos no se equivocaron: en ese entonces el sol estaba en Capricornio entre diciembre 20 y enero 19. La explicación de este fenómeno se conoce como la precesión de los equinoccios, y consiste en que la inclinación del eje de la tierra con respecto al plano de la Eclíptica no apunta siempre hacia el mismo lugar, sino que va moviéndose lentamente en forma parecida al cabeceo de un trompo, completando una de estas rotaciones cada 26000 años (25780 años, más exactamente).
Como consecuencia de la precesión de los equinoccios, el año trópico (tiempo que transcurre entre el inicio de dos primaveras consecutivas) es más corto que el año sidéreo (tiempo que tarda el sol en alinearse con una misma estrella fija, es decir, tiempo que tarda la tierra en recorrer los 360 grados de su órbita alrededor del sol). En otras palabras, las estaciones se anticipan un poco cada año con respecto a las estrellas, y como el calendario va atado a las estaciones y no a las estrellas, el efecto neto es que las estrellas que salen con el sol por el oriente el primero de enero de este año, saldrán con el sol el dos de enero dentro de 71 años. Así, en 2500 años que han transcurrido desde la época de los caldeoasirios, este desplazamiento equivale a 35 días, o sea algo más de un mes.
De tal manera que las estrellas que se veían junto al Sol en los crepúsculos de enero, en la época de los caldeo-asirios, son las que hoy se ven cerca al sol en febrero, y así para todos los meses. De paso, Tolomeo debió notar algún desplazamiento de este tipo, pues ya para su época habían transcurrido cerca de quinientos años desde el invento del Zodíaco, lo cual representaba un corrimiento de una semana, aproximadamente.
Como consecuencia natural de todo esto, se han formado dos escuelas de astrología. Según la astrología trópica, uno puede ser Aries, por ejemplo; pero entonces, según la otra escuela, la astrologia sidérea, usted es Piscis. Esto resulta francamente decepcionante: ¡Estamos tan apegados a nuestro signo..! Además, la conclusión que se debería sacar es que por lo menos una de estas astrologías es completa y radicalmente falsa.
La astrología trópica cuenta a su favor con la tradición, sus signos son los que comúnmente se usan en los horóscopos, pero tiene en su contra el hecho concluyente de que no tiene nada que ver con las estrellas (al menos hoy en día: para los caldeasirios sí tenía una relación con las estrellas), los signos van atados a los meses del año y no a las constelaciones que va recorriendo el sol en cada mes. ¿Dónde queda entonces la influencia de los astros ? ¿Qué clase de astrología es aquella que ignora los astros? ¿Puede esta disciplina seguir llamándose astrología ?
No obstante, aproximadamente dos tercios de los astrólogos actuales se adhieren a esta escuela. Estos razonamientos llevarían a pensar que la verdadera astrología es la astrología sidérea la que tiene en cuenta las constelaciones. Lastimosamente, ésta destruye o ignora un aspecto muy atractivo y evocador de la astrología tradicional: la asociación simbolica entre los signos del Zodíaco y las estaciones del año. En la astrología babilónica (equivalente a la astrología trópica) el renacer primaveral venía marcado por el topetazo de los cuernos del Carnero (Aries). Para la astrologia sidérea, Aries está más o menos a mitad de la primavera. Piscis, en cambio, en lugar de ser el último signo del invierno, está más de la mitad del tiempo en primavera y lo propio ocurre con Virgo, el cual está casi todo en otoño, en vez de ser el último signo del verano.
De paso, un problema similar se presenta cuando se considera la astrología en el hemisferio sur. Y no porque el Zodíaco no se vea en el hemisferio sur, como creen erróneamente muchos astrólogos que, en efecto, no saben nada de astronomía. La Eclíptica, y con ella la proyección de las órbitas aparentes de los planetas y del sol, es visible lo mismo al norte que al sur del Ecuador. El problema es que las estaciones cambian, y cuando en el norte se le atribuye a un signo el comienzo de la primavera, el resurgir de la vida, en el sur empieza el otoño.
Aun si se aceptara que los astros influyen de alguna manera sobre el carácter y los destinos humanos, cabe preguntarse por medio de qué fuerza se produce esta influencia. Según los conocimientos actuales, solo caben cuatro posibilidades.
Estas son las cuatro fuerzas aceptadas hoy por la fisica: las fuerzas nucleares fuerte y débil, la fuerza gravitacional y la fuerza electromagnética. Las fuerzas nucleares quedan descartadas, por cuanto su alcance apenas rebasa el tamaño de las particulas elementales. La fuerza gravitatoria es la candidata preferida por los astrólogos, quizás por su largo alcance. Se alude al fenómeno de las mareas como un evidente argumento probatorio. Conviene recordar, no obstante, que para que actúe la fuerza gravitatoria es necesario que intervengan masas enormes. En el caso de las mareas, existen millones y millones de kilómetros cúbicos de agua en los océanos y billones y billones de toneladas de materia en la luna y el sol.
En extensiones muy grandes de agua, pero incomparablemente inferiores a los océanos, como los lagos, por ejemplo, no hay marea apreciable alguna (si acaso del orden del milímetro). Y en una persona, cuya masa de agua, aunque sea el ochenta por ciento de la masa corporal, es ridículamente inferior a la de un lago, el efecto gravitatorio de marea simplemente no existe. Al momento del nacimiento de un bebe, la ley del inverso del cuadrado de las distancias hace que, por ejemplo, la propia madre o incluso la lámpara del quirófano ejerzan una influencia gravitatoria que es más de diez millones de veces superior a la ejercida por la luna. El hospital mismo en el que se da a luz puede ejercer una influencia gravitatoria de siete a diez millones de veces mayor que la de la luna.
La influencia del sol, por su parte, es aproximadamente la mitad de la de la luna, a pesar de su gran masa, por efecto de la ley del inverso del cuadrado de la distancia. Pero la influencia de Venus y Marte es del orden de veinte mil a treinta mil veces menor que la de la luna. La fuerza gravitatoria de Júpiter es aproximadamente cincuenta mil veces menor que la de la luna. Los demás planetas, más pequeños y más alejados, ejercen naturalmente una influencia menor, hasta llegar al caso del sistema Plutón-Caronte, el cual ejerce una influencia gravitatoria 20.000 millones de veces inferior a la de la luna. Proxima Centauri, la estrella más cercana a nuestro sistema solar, tiene una influencia 200.000 millones de veces inferior a la de luna.
La ley del inverso del cuadrado de las distancias es inexorable. Para la astrología no parecen importar las distancias ni las masas de los astros, solo importa su nombre; de tal manera que puede ignorarse, por ejemplo, a Ceres, ubicado en el cinturón de asteroides, el cual ejerce una fuerza de gravedad aproximadamente tres veces mayor que la del sistema Plutón-Caronte. La influencia de Palas (otro de los asteroides) es comparable también a la de Plutón. Y la de Titán, satélite de Saturno, es incluso comparable a la de Marte. Es claro que desde el punto de vista de la fuerza de gravedad, el sol y la luna siguen siendo los únicos astros dignos de tenerse realmente en cuenta. Así y todo, la fuerza gravitatoria que ejercen la luna y el sol conjuntamente sobre una persona es millones de veces inferior a la que ejerce sobre esa misma persona su propio automóvil.
El campo electromagnético debería parecerle mucho más prometedor al astrólogo, pero curiosamente solo es citado en raras ocasiones. Claro está que las dificultades que presenta la fuerza electromagnética para un astrólogo no son ni mucho menos desdeñables. Por ejemplo, la radiación procedente de todos los astros, incluida la luna, es ridículamente menor que la que llega del sol. Y las variaciones de la radiación solar que llega a la tierra cuando se producen las manchas solares (gigantescas explosiones en la superficie del sol), son muchos millones de veces superiores a la suma de las radiaciones emitidas por todos los planetas juntos. En contraste, Urano, Neptuno y Plutón, son invisibles.
Además, se tendrían que considerar las fuentes de radiación electromagnética no visible, como el centro de la Vía Lactea, por ejemplo, la cual emite rayos X con intensidad tal que si nuestros ojos fueran sensibles a estas radiaciones como lo son a la luz visible, brillaría casi tanto como el sol. No obstante, las radiaciones más intensas a que estamos sometidos hoy en día, son las de origen artificial, generadas por los aparatos electrodomésticos dotados de motor y por los hornos de microondas que presentan alguna fuga; por otra parte, las ondas de radio y televisión nos inundan por doquier.
Algunos astrólogos, obviamente ignorantes de las leyes de la fisica, hablan de ondas, armónicos y fenómenos de resonancia amplificadora inducidos por los planetas a partir de una radiación misteriosa que nadie identifica. Claro está que no puede descartarse la posibilidad de que exista algún tipo de fuerza electromagnética por descubrir, pero el caso es que tal fuerza debería ser en extremo débil para no haber sido detectada por los medios actuales, los cuales son desde luego poderosos. De todos modos, la astrología tiene derecho a pensar que esa fuerza, aún siendo tan débil, influye sobre los hombres. Pero debería, entonces, probar que esa fuerza existe, no dar por supuesta su existencia. Y una vez identificada esa fuerza, debe probar así mismo que ejerce la acción que se le atribuye sobre la vida y el destino del hombre. El método científico exige, ciertamente, demasiado trabajo...
En cualquier caso, suponiendo que esta radiación de origen planetario en efecto existe y que ejerce la influencia que se le atribuye, ¿por qué sólo condiciona al bebe que nace y no a los que se encuentran a su lado en el mismo hospital y que nacieron unas horas antes? Esta objeción les ha parecido tan válida a algunos astrólogos, que han reemplazado el instante del nacimiento por el de la concepción, es decir la unión entre el espermatozoide y el óvulo. Pero si ya es dificil averiguar la hora exacta del nacimiento de una persona, no digamos la de su concepción...
Como se ha visto, la influencia de las estrellas -más propiamente de las constelaciones- sobre los seres humanos es, por decir lo menos, bastante discutible; por esa razón los astrólogos han centrado su interés en la influencia de los planetas. Se ha visto también que, hasta donde alcanzan los conocimientos científicos actuales, no existe una fuerza de origen planetario capaz de influir sobre una persona de la manera en que lo afirma la astrología. De todos modos, no sobran unas palabras sobre el caso concreto de la influencia de los planetas.
Empecemos con un ejemplo: Tauro y su planeta regente Venus. Cabe preguntarse por qué Venus, planeta de la sensualidad y del amor, desempeña tan importante papel en la época de abril-mayo, es decir, en el signo de Tauro. La respuesta de la astrología no puede ser más ingenua: Venus, por su nombre y por su apariencia brillante y límpida, simboliza las virtudes amorosas y femeninas de la diosa del amor, mientras que el signo Tauro, por la fecha en que el sol lo visita, es asimilado igualmente a la máxima fertilidad, al amor primaveral, a la plenitud de los sentidos.
Si la sangre se nos altera en primavera, ¿por qué no pensar que ello se debe a que Venus es el planeta regente de la época central de la estación del renacer? El supuesto de que existe una cierta relación entre el carácter de la gente y la época del año en que nacen, como ya se vió, presenta el problema de que en el hemisferio sur las estaciones son distintas, sin embargo, dejando de lado este asunto, la hipótesis podría no sonar descabellada. Pero por lo que respecta a los planetas, la supuesta relación entre el carácter de las personas y el tipo de planeta que se encuentra en un cierto lugar del cielo en una determinada época del año, roza ya el disparate. Porque, para seguir con el ejemplo anterior, el paso de Venus por el signo Tauro no anuncia fisicamente nada, contrariamente al paso del sol que, éste sí, anuncia la plenitud de la primavera y la proximidad del verano en el hemisferio norte.
La astrología, desde los tiempos de Tolomeo, es una disciplina que ignora por completo las distancias de los astros. Por ejemplo, Marte puede estar en conjunción con la luna en la parte de su órbita más próxima a la tierra, o en la parte de su órbita más alejada; la distancia a la que se encuentra de nosotros en cada uno de estos casos, varía entre algo más de tres minutos-luz (unos cincuenta y seis millones de kilómetros) y 20 minutos-luz (unos trescientos sesenta millones de kilómetros). Sin embargo, en ambos casos, la carta astral reflejará lo mismo: una conjunción Luna-Marte cuya interpretación astrológica no tendrá en cuenta para nada que el planeta se encuentre en un caso seis veces más lejos que en el otro.
Pero no es ésta la única reducción errónea que se comete al plasmar en dos simples dimensiones la complejidad del espacio cósmico. Cuando se estima la situación de un astro en la boveda celeste, son necesarias dos coordenadas; en la carta astral, estas dos dimensiones se convierten en una sola, la longitud zodiacal. Pero los planetas no viajan nunca exactamente por el círculo de la Eclíptica, aunque ciertamente no se alejan demasiado de ella y, en ocasiones, la cruzan de forma instantánea. En una carta astral, es como si todos los planetas viajaran por la Eclíptica, con lo que el astrólogo se aleja de la verdad una vez más. Para un astrólogo, dos planetas están en conjunción cuando están a la misma altura en el Zodíaco (longitud zodiacal), no importa cuán separados estén lateralmente. Se presenta entonces la paradoja de que, en algunos casos, dos planetas en conjunción aparecen más alejados que dos planetas que no están en conjunción. ¿Qué significado tiene entonces la palabra conjunción? Si se trata de meras proyecciones sobre la eclíptica de la situación de los distintos planetas, los errores que se pueden cometer son notables.
Para un astrónomo científico ésta sería una objeción de peso; no ocurre lo mismo con el astrólogo. Para éste el asunto de las distancias es del todo irrelevante. Podemos concluir entonces que la supuesta fuerza con la cual los astros ejercen su influencia sobre las personas, tiene la característica muy especial de no estar sujeta a la ley inverso del cuadrado de las distancias ¿Qué clase de fuerza es ésta? La fisica no conoce nada parecido. Y dado el caso de que existiera la supuesta fuerza, subsiste un interrogante: ¿por qué no tener en cuenta a todos los astros, las estrellas, los asteroides, los satélites de los planetas, las galaxias, los agujeros negros, los cuásares? Evidentemente, las tales fuerzas son tan sólo producto de la imaginación y de la arbitrariedad, no de la realidad de los hechos celestes.
En todo caso, lo que parece claro es que el sol forma parte esencial de las condiciones externas en que se desarrolla la vida en nuestro planeta. Nos afecta poderosamente, lo mismo que los demás factores ambientales con los que tenemos que aprender a convivir desde el nacimiento: nuestro peso y el difícil equilibrio que hay que adquirir para andar sobre dos piernas, el frío, la lluvia y el calor, el hambre y la sed, las demás necesidades fisiológicas...
Pero no por ello supone predestinación alguna ni induce necesariamente un determinado carácter en las personas. Nuestro carácter va apareciendo y se modula, a medida que vamos creciendo, a partir de la herencia genética recibida de nuestros padres, y posteriormente en función de una multitud de influjos físicos e intelectuales que solemos englobar bajo conceptos tan amplios como los de educación, formación o cultura. Ni en las características genéticas ni en el posterior desarrollo físico e intelectual tiene influencia apreciable el sol y su posición a lo largo del año, ni mucho menos, una determinada posición de los demás astros, lejanísimos y minúsculos desde cualquier punto de vista que quiera uno considerarlos.
Lo curioso, y ello es algo que pocos astrólogos perciben, es que la astrología moderna sigue siendo una especie de remedo de la religión politeísta grecorromana. Las supuestas influencias ejercidas por los planetas se basan esencialmente en la personalidad del correspondiente dios del Olimpo.
El caso del Saturno es especialmente significativo: cuando uno de los planetas fue bautizado con su nombre, inmediatamente esa masa esférica de gases y líquidos rodeada de brillantes anillos adquirió la misma mala fama que el correspondiente dios. Conviene recordar que Saturno era el nombre romano del dios griego Cronos, hijo de Urano y dueño del tiempo, famoso por haber devorado a algunos de sus hijos. Y lo dicho para Saturno, vale igualmente para Venus, un infernal planeta con cien atmósferas de presión en su superficie y temperaturas de más de cuatrocientos grados, que sin embargo es asimilado a la belleza femenina simplemente porque a las civilizaciones antiguas se les antojaba el más bello lucero del cielo. En cuanto a Marte, su color rojizo se asimila, más bien de forma simplona, a la sangre, y en honor al dios del que toma su nombre, a la guerra. En el caso de Júpiter, el rey de los dioses, su influencia benéfica es comparable, en astrología, a la del sol; en realidad se trata de un planeta similar a Saturno, aunque sus anillos sean menos vistosos y su tamaño un poco mayor...
El simbolismo mediante el cual se pasa de un dios mitológico a un planeta con sus mismas caractrísticas, alcanza cotas verdaderamente asombrosas en el caso de Plutón. Este planeta, del que en realidad se sabe bastante poco, fue descubierto en 1930; su nombre se debe en parte al deseo de los astrónomos de conservar una cierta pátina poética en sus descubrimientos, y en parte a algo tan prosaico como el hecho de que una niña de 11 años se lo sugiriera a su padre, el descubridor. Claro, una vez adoptado el nombre del rey de los infiernos para un planeta que iba escoltado por un satélite de tamaño casi igual al suyo, parecía inevitable bautizar a dicho satélite Caronte, el barquero del río Estigia que se encargaba de llevar a los muertos desde el país de los vivos hasta el infierno regido por Plutón.
La astrología moderna (la antigua lo ignoraba todo acerca de este planeta lejanísimo) no dudó en aplicar su fe politeísta mitológica y le atribuyó en seguida a Plutón el mismo carácter que poseía el dios que le daba nombre. Cabe preguntarse qué hubiera pasado si su descubridor, llamado Clyde Tombaugh, le hubiera dado su propio nombre; algo que no hubiese sido inusual ya que había ocurrido durante un tiempo con Urano, el cual se llamó primero Herschel, como su descubridor, y luego Georgium en honor al rey de Inglaterra de aquella época (1781). ¿Seria ahora la influencia de Plutón la misma que suponen los astrólogos, o se hubieran inventado cualquier otra característica ligada al famoso astrónomo contemporáneo?
La influencia de los planetas se ejerce, segun las creencias de los astrólogos, de modo muy diverso, dependiendo de su posición relativa. Se consideran al menos cinco posiciones activas, según las distancias angulares entre ellos: la conjunción (0 ), la oposición (180 ), el trígono (120 ), la cuadratura (90 ) y el sextil (60 ). Algunas escuelas astrológicas amplían estos aspectos al semicuadro (45 ), el sesquicuadro (135 ), el semisextil (30 ) y el inconjunto (150 ).
Estos aspectos pueden ser, como los planetas mismos, favorables o desfavorables. Así, el trígono y el sextil acentúan los efectos positivos de los planetas, mientras que la cuadratura y la oposición acentúan los aspectos desfavorables. La conjunción, por su parte, es más ambigua; que sea o no favorable depende de los planetas implicados.
Aún se puede afinar más. Algunos astrólogos consideran, además, la posibilidad de que los planetas estén en domicilio (en el signo sobre el que ejercen su mayor influencia), en exaltación (en el signo donde expresan al máximo sus propias características), en exilio (en el signo opuesto al domicilio) o bien en caída (en el signo opuesto al de exaltación). Como puede verse, hay casi de todo.
Subsiste, sin embargo, un problema: los aspectos planetarios no se modifican prácticamente nada durante el día (a excepción del sol y la luna), con lo cual, los horóscopos de personas que hubieran nacido con diferencia de tiempo de unos minutos o incluso unas horas, serían prácticamente iguales. Con el fin de soslayar este inconveniente se adoptó el sistema de casas introducido por los árabes. Se trata de una división del cielo, también en 12 partes (más bien 12 rebanadas, como los cascos de una naranja), que no esta ligada a la esfera celeste, como los signos del Zodíaco, sino que depende del lugar de la tierra en que uno se encuentre.
Hay seis casas por encima del horizonte (numeradas del I al VI) y otras seis por debajo (VII al XII). Las casas están separadas por líneas ficticias denominadas cúspides y numeradas del 1 al 12. Las cúspides son como doce meridianos que definiesen en el cielo 12 rebanadas en forma de huso esférico. La cúspide 1 corresponde al horizonte Este y se denomina ascendente (ASC), ya que es la que atraviesa la constelación (o el signo) que sale (asciende, nace) en el momento de nuestro nacimiento. La cúspide 7 corresponde, lógicamente, al horizonte Oeste y constituye el descendente (DSC). La cúspide 10 es el medio cielo (MC), y la 4, su punto opuesto, el fondo del cielo (FC). Cada una de las casas posee un significado que se refiere a algún campo de la actividad humana: viajes, profesión, muerte, relaciones con los demás y otros. Estos campos se verán afectados por el planeta que ocupe la casa respectiva, en el momento del nacimiento.
Surge con todo esto un problema inesperado y es que los puntos de la Tierra situados sobre el círculo polar ártico, o más al norte, (o sobre el círculo polar antártico, o más al sur) tienen su cénit a 23' y 27' del polo celeste, o a menos. Eso significa que en el transcurso del movimiento diurno, el polo de la Eclíptica pasa por el cénit de esos lugares, lo cual, a su vez, significa que la eclíptica misma coincide con el horizonte y no atraviesa ya ninguna casa. ¡Las personas que viven en Alaska, en el norte del Canadá, en Groenlandia y en el norte de Noruega, Finlandia o Rusia carecen de horóscopo! Toda una tragedia astrológica sin duda.
Una determinada influencia astral solo puede ser verificada si se establece una estadística fiel. Ello implica analizar todos los casos (sin seleccionar aquellos que parezcan más favorables), evaluar en términos matemáticos sencillos (por ejemplo, en porcentaje) la probabilidad de éxitos esperables a causa del simple azar, y calcular la desviación mayor o menor que hay que esperar de forma probable, natural, en torno de ese porcentaje de aciertos fortuitos.
Veámoslo con un ejemplo sencillo, el de la moneda al aire. En 100 tiradas al aire, lo lógico es obtener 50 veces cara y 50 veces cruz. Pero no sería raro que hubiese 49 y 51, incluso 48 y 52. Si se repite la tanda de 100 lanzamientos muchas veces, es fácil predecir que los números más frecuentes que se obtengan serán 50, 49, 51, 48, 52...
¿Dónde termina lo normal y empieza lo excepcional? El cálculo de probabilidades lo muestra bien claramente; por ejemplo, una desviación de siete, en más o en menos, solo se dará en un 16 por 100 de las veces. Una desviación de 14 sólo ocurrirá en cinco tandas de cada 1000. Una desviación de 20 (es decir, obtener 30 caras y 70 cruces, por ejemplo) sólo ocurrirá en 8 casos de cada 100000.
De lo anterior se desprende que no basta un hecho aislado para constituir una prueba. El mero azar permite desviaciones de la media. Se debe ser muy cuidadoso a la hora de cuantificar las probabilidades.
Hechas estas aclaraciones de orden metodológíco, veamos algunos ejemplos.
Los astrólogos afirman que los nacidos con el signo de Libra en ascendente recibirán el influjo estético que se le atribuye a dicho signo. Debería haber, por tanto, un número superior a la media de personas con cualidades artísticas en esas circunstancias. Farnsworth demostró, analizando el caso de 2000 músicos y pintores célebres, que no es así en absoluto. No existe correlación alguna; incluso, evidentemente por azar, hubo desviaciones negativas al respecto. Tampoco existia esa correlación entre esos artistas y el hecho de haber nacido, ya no con Libra en ascendente, sino directamente bajo el signo mismo de Libra.
Bart Bok estudió las fechas de nacimiento de los sabios inscritos en el listado del American Men of Science. Las fechas presentaban una distribución al azar. Además, las variaciones estacionales de la frecuencia de los nacimientos eran idénticas a las del conjunto de la población. Bok amplió posteriormente su estudio a otras profesiones (ingenieros, sacerdotes, banqueros, físicos, escritores y marinos). La influencia de los signos del Zodíaco era nula. Los nacimientos se producían según las reglas del azar.
En 1950, Francois y Michéle Gauquelin, un matrimonio de sicólogos suizos, comenzaron a elaborar estadísticas sobre la posible influencia de los astros. Sus investigaciones parecían confirmar que en determinados lugares del cielo, los planetas favorecían el nacimiento de determinados profesionales. Los resultados eran indudablemente llamativos en el caso del planeta Marte y su supuesta influencia sobre el nacimiento de los deportistas. Los Gauquelin habían analizado a 1553 deportistas; de ellos, 332 nacieron cuando Marte estaba en los sectores (casas) I y IV. La media estadística era de 266. Esa diferencia de 66 era excesiva; contando con el azar, sólo debería aparecer en un caso de cada cinco millones. Durante 34 años los resultados presentados por los Gauquelin fueron objeto de arduas discusiones. En 1973, una revisión llevada a cabo por el comité belga PARA, encontró que la metodología utilizada por los Gauquelin estaba sesgada, falseada probablemente por ignorancia más que por mala fe. Como dice el mismo Gauquelin en uno de sus libros citando al sicólogo Carl Jung: "Un investigador que está muy especialmente motivado por el deseo de obtener un determinado resultado es conducido instintivamente, o mejor dicho, inconscientemente, a reunir los datos que luego serán los que, precisamente, confirmarán la teoría."
En 1984, el astrónomo norteamericano Dennis Rawlins, miembro de CSICOP, analizando una muestra de 407 deportistas norteamericanos, efectuó un cálculo muy simple: 12 sectores y 407 nacimientos; la probabilidad de que un nacimiento coincida con el paso de un planeta en un sector dado es de un doceavo, lo que significa unos treinta y cuatro nacimientos, con un margen de fluctuación de seis en más o en menos. En cada nacimiento, Rawlins determinó no solo el sector habitado por Marte, sino también el que ocupaban los otros planetas. El reparto del número de nacimientos por los distintos sectores dibujaba para cada planeta una curva de Gauss, característica de las distribuciones al azar. Rawlins dedujo que la teoría de Gauquelin era errónea. Los trabajos de Rawlins fueron el golpe de gracia definitivo para las estadísticas de Gauquelin.
Existen muchas estadísticas que invalidan la existencia de uno u otro tipo de influencia astral sobre la personalidad y el destino de los seres humanos. Veamos algunas más.
J. McGervey estudió las fechas de nacimiento de 6457 políticos y 16634 cientificos; el reparto entre los diferentes signos del Zodíaco obedecía exactamente a las leyes del azar.
R. Bastedo estudió 20 diferentes características de la personalidad (liderazgo, inteligencia, extroversión, habilidad artística...) en una muestra de 1000 personas. No apareció ninguno de los efectos que, según la astrología, debían existir; por ejemplo, preponderancia de unos determinados signos para ciertas cualidades, inhibición de otros signos en otras cualidades, etc.
B. Silverman estudió a 1600 sicólogos recién graduados para ver si sus opiniones sobre la igualdad, la honestidad, la intelectualidad y otras cualidades dependían de algún signo zodiacal. No encontró correlación alguna.
Snell, Dean y Wakefield estudiaron a 1500 líderes escogidos al azar para ver si había un mayor número de nacidos bajo el signo de Virgo (signo del liderazgo). Los Virgo eran tan abundantes como los demás.
J. T. Bennet y R. J. Barth estudiaron las listas de reclutamiento en el ejército norteamericano, donde el servicio es voluntario, para determinar si había más personas regidas por Marte de lo que cabría esperar por el azar. No encontraron ninguna correlación.
G. A. Tyson examinó la relación que podría existir entre la fecha de nacimiento y la carrera elegida por 10313 graduados universitarios. No apareció relación alguna.
El Servicio Geológico de los Estados Unidos analizó 240 predicciones de terremotos realizadas por 27 famosos astrólogos americanos. El nivel de aciertos fue exactamente el que predecían las leyes del azar.
Cummings, Neher, Lackey y Grange por una parte, y Tyson, Carlson y Dwyer por otra, comprobaron que la gente normal (estudiaron en total 230 personas de todo tipo y condición) es incapaz de distinguir entre su carta astral y la de otra persona.
Geoffrey Dean y otros probaron con 22 sujetos que en la carta astral que creían era la suya, pensaban que un 97% era correcto, mientras que sólo veían correcto un 12% en otra que se les había dicho que no era la suya. Curiosamente, ello ocurría tanto si se les daba de verdad su propia carta astral, como si se trataba de una que no era realmente la suya.
El mismo Dean trabajó con un total de 1198 individuos, de entre los que eligió, a partir de un test de personalidad, los 60 más extrovertidos y los 60 más introvertidos. Las cartas astrales de estas 120 personas fueron posteriormente enviadas a 45 astrólogos americanos e ingleses para que ellos distinguieran cuáles correspondían a los extovertidos y cuáles a los introvertidos. Los aciertos fueron del orden del 50%, es decir, exactamente lo que cabría esperar de una mera elección al azar.
Shawn Carlson, físico de la Universidad de Berkley en California, realizó un sonado experimento en colaboración con la NGCR (National Council for Geocosmic Research), la organización astrológica más conocida mundialmente, cuyos resultados fueron publicados en la prestigiosa revista científica Nature (5 de diciembre de 1985). El experimento, cuidadosamente preparado y llevado a cabo, comprendía dos fases sucesivas. En la primera, el sujeto llenaba un cuestionario con sus datos de nacimiento; de allí se obtenía un tema natal que era interpretado por los astrólogos. Luego el sujeto recibía tres horóscopos de los cuales dos pertenecían a otros sujetos diferentes, sin ningún tipo de identificación, solo con un número de código. El sujeto debía elegir entre los tres el que le parecía convenir mejor a su personalidad, luego el segundo mejor y finalmente el que peor se ajustaba. Si la astrología es cierta, la tasa de aciertos debería ser superior a un tercio, ya que a los aciertos por azar se sumarían los aciertos de verdad. Los astrólogos que participaban en el experimento afirmaban que iban a obtener resultados muy superiores al 33%; como mínimo, del 50%. El resultado obtenido fue del 33,7%, casi exactamente lo que predecía el azar. Lo más curioso es que el porcentaje de aciertos en un grupo testigo en el cual cada sujeto había recibido los mismos tres horóscopos que había recibido cada sujeto del primer grupo (es decir que ninguno de los horóscopos le pertenecía), fue del 44,7 %; ironías del azar.
La bioquímica francesa Suzel Fuseau-Braesch, autora de un libro muy popular sobre astrología, escribe: "Al campo de la biología le concierne directamente ya que al afirmar que existe una influencia del cielo astral en el momento del nacimiento lo que se hace es evidentemente añadir un nuevo determinismo a los admitidos por la ciencia actualmente: el genético y el ambiental, este último tanto físico como sociocultural. No existe hoy día ninguna explicación cientifica del mecanismo de deterrninación astrológica."
Tiene, sin duda, toda la razón la señora Fuseau-Braesch; donde comienza nuestro desacuerdo es cuando afirma a continuación que esta ausencia de explicación científica no significa que la influencia no exista, sino que la ciencia todavia no ha sido capaz de encontrarla.
Según eso, cualquiera puede afirmar cualquier cosa, por absurda que parezca, y decir que es cierto pero que la ciencia todavía no ha sido capaz de demostrarlo. El que afirma algo nuevo es quien debe responsabilizarse de su demostración. En ciencia, el peso de la prueba recae sobre quien expresa una hipótesis.
Ante la total ausencia de evidencia científica que respalde las afirmaciones de los astrólogos, cabe preguntarse por qué tantas personas creen en la astrología. Parte de la explicación es esa actitud de resignado pesimismo que se expresa con la frase: "al fin y al cabo es tanto lo que ignoramos..." Claro está que se trata de una actitud que revela la más pura ingenuidad y que conduce a la total credulidad. Por esa vía le daríamos carta de naturaleza a cualquier afirmación, no importa lo descabellada o delirante que fuera.
Otra explicación, quizás, tenga que ver con una especie de reacción romántica en contra de una ciencia que se percibe como fría, inquietante y temible. A ella se opondría una no ciencia agradable, poética y sin complicaciones. Esta percepción negativa de la ciencia nace, indudablemente, de la ignorancia. Cualquier persona que haya transitado, así sea marginalmente, por los caminos de la ciencia, se habrá percatado de lo que ésta tiene de poético y de excitante. Dice Carl Sagan: "Hay más maravillas en la ciencia que en la seudociencia." Por desgracia, predomina la incultura científica, de la que incluso presumen muchos. Así mismo, en ocasiones se asocia la ciencia con la actividad del hemisferio cerebral izquierdo, analítico, deductivo y fríamente racional. Es verdad que el método científico exige una alta dosis de racionalidad, pero, por otra parte, la formulación de las hipótesis y el diseño de los experimentos requieren creatividad e intuición solo comparables con las que exige la creación artística. Contrasta con ello el elementalísimo y vulgar mecanicismo de la astrología. Los detractores de la ciencia la acusan de ser oficial, de mostrarse demasiado esquemática y reductora, de aplastar al individuo y de hacerle daño con sus realizaciones técnicas. En realidad, no existe ninguna ciencia oficial, entre otros motivos porque la mayor parte de los científicos solo comparte una cosa: las reglas del juego, es decir, el método científico. Casi puede decirse que la esencia de la ciencia es la de no ser nunca oficial y estar siempre abierta al reexamen. Por su parte, la astrología lo es todo menos algo innovador; por el contrario, suele presumir de su antigüedad como prueba absoluta en apoyo de sus tesis. En cuanto a las demás acusaciones, baste con recordar que la vida de los cinco mil millones de seres humanos que hoy pueblan el planeta, sería poco menos que imposible sin el concurso de la ciencia y de la tecnología. Las soluciones a los graves problemas que se plantean a la humanidad solo llegarán de la mano del conocimiento científico: un edificio lógico que descansa sobre bases sólidas, y que se ha ido formando por el método de hipótesis y verificación, única forma racional de encarar los problemas.
Una tercera explicación, que se constituye en un importante argumento para muchos defensores de la astrología, es el peso de la autoridad. Se cita con frecuencia a preeminentes filósofos y científicos que creían en la astrología. Son notables los casos de Newton y Kepler, para no hablar de Pitagoras y del propio Tolomeo. Bien se sabe que los argumentos basados en la autoridad no sirven; pero, aceptando el juego, tendríamos que recordar que Aristarco y Eratóstenes no creyeron nunca que los astros tuvieran alguna influencia sobre el carácter o el destino de los seres humanos. Esas eran, según ellos, cosas de magos o sacerdotes. En Roma, Cicerón se opuso con toda su racionalidad a esa actividad adivinatoria. Y aun tendríamos que agregar a la lista la casi totalidad de los científicos modernos. Un famoso manifiesto firmado en 1975 por 186 prestigiosos investigadores norteamericanos, entre ellos 20 premios Nobel, era absolutamente tajante en su condena a la actividad de los mercaderes de horóscopos. Carl Sagan se negó a suscribir el documento porque no consideraba que mereciera la pena perder el tiempo en afirmar públicamente lo que es obvio.
Tal vez también haya algo de vanidad en el fondo de estas creencias, ¡pues naturalmente que los astros inciden en mi vida cotidiana, no faltaría más! El error inicial quizá fue el de pretender que los monarcas y sus posesiones eran lo suficientemente importantes, frente a la inmensidad del cosmos, como para que el curso de los astros determinara su destino. Un pecado de soberbia quizá perdonable... No hay duda de que los sacerdotes astrólogos de Mesopotamia solo estaban interesados en predecir el destino de los poderosos y de sus reinos. ¿A quién podía pasársele por la imaginación que un palafrenero o un soldado, y aun menos un simple esclavo, pudiesen aspirar a que su destino estuviese escrito en el celeste pentagrama de las constelaciones y los signos? En cambio, la habilidad de los astrólogos modernos les ha llevado a convencer a todo el mundo de que las estrellas son igualitarias como nadie, y que su influencia se ejerce universalmente, sobre los más poderosos y los más desposeídos por igual. Generosa y democrática idea, sólo levemente enturbiada por la sospecha de que actuando así buscaban ampliar de paso, y muy notablemente, el mercado potencial de sus horóscopos.
Otra faceta del asunto es que muchas personas consiguen, por medio de la astrología, proyectar hacia afuera su propia imagen, expresándose a través del simbolismo de los signos zodiacales. En realidad, es como juzgar a los demás, y a nosotros mismos, sin compromiso alguno y sin responsabilidad de nadie. Casi todo el mundo se ha formado una idea de sí mismo y de los demás que quizá dificilmente se atrevería a expresar en voz alta motu proprio , pero que en cambio no tiene reparo alguno en expresar cuando supone que son los astros los que lo dicen.
No cabe duda de que la principal causa de la generalización de esa idea debe buscarse en la abrumadora divulgación que reciben los temas astrológicos de parte de los medios masivos de comunicación. Respecto de los autores de los horóscopos y de los artículos sobre astrología, su motivación es evidente: siempre ha sido un gran negocio explotar la credulidad de los hombres. La motivación de los medios de comunicación no es muy diferente, y en el mejor de los casos obedece a una cierta dejadez y condescendiente tolerancia; a la idea de que "algo habrá de cierto en esto y, de todos modos, interesa a mis lectores”.
En cuanto a la pregunta que constituye el titulo del libro, Astrología ¿ciencia o creencia? , se puede concluir lo siguiente: la astrología explota sistemáticamente un vocabulario técnico, en este caso el de la astronomía, y lo adoba con una especie de dialecto mitad esotérico y mitad culterano, pero siempre con resonancias más o menos científicas. Lo cual hace que, ante la mayoría de la gente, la astrología parezca, ni más ni menos, una ciencia como las otras, que a veces se equivoca pero que resulta a menudo fiable. Sin embargo, la astrología es pura irracionalidad. Las doctrinas astrológicas están fuera del campo cientifico por cuanto no se ajustan al método de la ciencia. En consonancia con ello, se debería denunciar a todos aquellos que pretenden presentar la astrología como una actividad con bases científicas. Se debe denunciar así mismo a todos aquellos que, basándose en esa supuesta base científica de la astrología, ejercen una influencia negativa sobre muchas personas, osando afirmar que son realidades lo que no son más que meras ilusiones difundidas por razones estrictamente mercantiles. Se debe denunciar finalmente a todos aquellos que, poseyendo una responsabilidad académica, periodística o intelectual, toleran la difusión de esas falsas ideas como algo más que un simple entretenimiento.
Desde luego, la astrología podría asimilarse a un juego, a una diversión social sin mayor trascendencia y carente por supuesto del más mínimo valor predictivo. Por desgracia no sucede así. A diario nos enteramos de importantes líderes sociales que consultan sus decisiones con astrólogos. ¿No se está poniendo en manos de estas personas un poder excesivo? Las decisiones de los dirigentes de la sociedad pueden afectar la suerte de millones de personas. Por otra parte, incluso considerada como una especie de juego que uno se cree sólo a medias, la astrología reviste un peligro: el determinismo suplementario que le añade a nuestras vidas. El consumidor de horóscopos acaba respondiendo en concordancia con lo que predicen supuestamente los astros. La predicción acaba influyendo, poco o mucho, en el comportamiento del individuo, en la opinión que tiene de sí mismo, en su poder de iniciativa y, a la larga, en su destino. Me parece que esta clase de influencia no es, en absoluto, deseable.
vendredi 7 novembre 2008
La religión como fuente de intolerancia e irracionalidad
En algún lugar del mundo un hombre ha secuestrado a una niña. Pronto la violará, la torturará y la asesinará. Si una atrocidad de esta clase no ocurre precisamente en este momento, ocurrirá en unas horas, o a lo sumo en unos días. Tal es el grado de confianza que podemos extraer de las leyes estadísticas que gobiernan las vidas de 6 mil millones de seres humanos. La misma estadística sugiere también que los padres de estas niñas creen en este mismo instante que un Dios omnipotente e infinitamente bondadoso cuida de ellos y de su familia. ¿Tienen alguna razón para creer esto? Es más, ¿está bien que lo crean?
La respuesta a ambas preguntas es muy clara: NO.
Todo el ateísmo está contenido en la anterior respuesta. El ateísmo no es una filosofía; no es ni siquiera una opinión sobre el mundo; es simplemente el rechazo a negar lo evidente. Por desgracia, vivimos en un mundo en el que, por principio, lo evidente se pasa por alto. Lo evidente debe ser observado, vuelto a observar y defendido. Se trata de un trabajo ingrato. Lleva consigo una aureola de petulancia e insensibilidad. Además es un trabajo que el ateo no necesita.
Es preciso señalar que nadie necesita identificarse como un no-astrólogo o un no-alquimista. Por consiguiente, no tenemos ningún nombre para definir a las personas que niegan la validez de estas pseudo-disciplinas. De la misma forma, el ateísmo es un término que ni siquiera debería existir. El ateísmo no es más que la protesta manifestada por la gente razonable en presencia del dogma religioso. El ateo es simplemente una persona que cree que los 260 millones de americanos (el 87 % de la población) que afirman no dudar jamás de la existencia de Dios son los que están obligados a presentar pruebas de su existencia y, ciertamente, de su benevolencia, considerando la destrucción implacable de seres humanos inocentes de la que somos testigos a diario en el mundo. Sólo el ateo aprecia lo misteriosa que es nuestra presente situación: la mayor parte de los seres humanos creen en un Dios que, en todos los aspectos, es tan fantástico como los dioses del Olimpo; ninguna persona, independientemente de sus méritos y capacidades, puede acceder a un cargo público en los Estados Unidos si no afirma estar totalmente convencida de que ese Dios existe; y una gran parte de la política pública de nuestro país responde a tabúes religiosos y a supersticiones propias de una teocracia medieval. Nuestra circunstancia es abyecta, indefendible y aterradora. Podría incluso resultar graciosa si lo que estuviera en juego no fuera tan importante.
Vivimos en un mundo donde todas las cosas, buenas y malas, finalmente resultan destruidas por el cambio. Los padres pierden a sus hijos y los hijos a sus padres. Los maridos y las esposas se separan en un instante, para no reencontrarse jamás. Los amigos se apartan unos de otros con celeridad, sin saber que no volverán a verse. Esta vida, cuando se inspecciona con un amplio vistazo, presenta poco más que un enorme espectáculo de pérdidas. La mayoría de la gente de este mundo, sin embargo, se imagina que existe una cura para todo lo anterior. Si vivimos correctamente --no necesariamente de manera ética, sino dentro del marco de ciertas creencias antiguas y de comportamientos estereotipados-- conseguiremos todo lo que queramos después de morir. Cuando finalmente nuestros cuerpos nos fallen, tan sólo nos desharemos de nuestro lastre corpóreo para viajar a una tierra donde nos reuniremos con todas las personas a las que amábamos cuando vivíamos. Por supuesto, la gente demasiado racional y demás chusma serán excluidas de ese lugar feliz, y los que hayan suspendido su incredulidad mientras vivían será libres de disfrutar de dicho lugar para toda la eternidad.
Vivimos en un mundo lleno de sorpresas inimaginables --desde la energía de fusión que hace que el sol brille, hasta las consecuencias genéticas y evolutivas de esta danza luminosa sobre la Tierra a lo largo de los eones-- y, a pesar de todo, el Paraíso se conforma a nuestros intereses más superficiales con la misma comodidad que un crucero por el Caribe. Lo anterior resulta extraordinariamente curioso. Si uno no supiera nada del asunto, pensaría que el hombre, en su temor a perder todo aquello que le gusta, había creado el Cielo, con su Dios de portero, a su propia imagen y semejanza.
Consideremos la destrucción que el Huracán Katrina trajo sobre Nueva Orleans. Más de mil personas murieron, decenas de miles perdieron todos sus bienes terrenales, y casi un millón fueron desplazadas. Es casi seguro que prácticamente toda persona que vivía en Nueva Orleans en el momento de la tragedia del Katrina creía en un Dios omnipotente, omnisciente y compasivo. ¿Pero qué hacía Dios mientras un huracán arrasaba su ciudad? Seguramente oyó los rezos de los ancianos y las mujeres que huían de la crecida de las aguas buscando la seguridad de sus azoteas, sólo para ahogarse lentamente en éstas. Eran personas de fe. Eran hombres y mujeres buenos que habían rezado durante toda su vida. Sólo el ateo tiene el coraje de admitir lo evidente: esta pobre gente murió hablando con un amigo imaginario.
Desde luego, hubo claros signos de que una tormenta de dimensiones bíblicas golpearía a Nueva Orleans, y la respuesta humana al consiguiente desastre fue trágicamente inepta. Pero fue inepta sólo a la luz de la ciencia. Los signos del avance del Katrina fueron extraídos de la Naturaleza muda a través de cálculos meteorológicos y de imágenes vía satélite. Dios no habló a nadie de sus proyectos. Si los residentes de Nueva Orleans se hubieran contentado con confiar en la caridad del Señor, no se hubieran enterado de que un huracán asesino se abatía sobre ellos hasta sentir en sus caras las primeras ráfagas de viento. Sin embargo, una encuesta realizada por el Washington Post reveló que el 80 % de los sobrevivientes del Katrina afirmaban que el acontecimiento había reforzado su fe en Dios.
Mientras el Huracán Katrina devoraba Nueva Orleans, casi mil peregrinos chiítas eran pisoteados hasta morir en un puente de Irak. No hay duda de que estos peregrinos creían vigorosamente en el Dios del Corán: sus vidas estaban organizadas en torno al hecho indiscutible de su existencia; sus mujeres caminaban veladas delante de él; sus hombres se mataban entre sí con regularidad por interpretaciones rivales de su palabra. Sería notable que un solo superviviente de esta tragedia perdiera su fe. Es más probable que los supervivientes se imaginen que ellos fueron salvados por la gracia de Dios.
Sólo el ateo reconoce el narcisismo y el autoengaño ilimitados de quien se cree "salvado por Dios". Sólo el ateo comprende lo moralmente rechazable que es el hecho de que los supervivientes de una catástrofe se crean salvados por el amor de Dios, mientras este mismo Dios ha ahogado a niños en sus cunas. Puesto que el ateo se niega a disfrazar la realidad del sufrimiento del mundo con una empalagosa fantasía de vida eterna, el ateo siente en sus carnes lo preciosa que es la vida ---y qué terrible desgracia es realmente que millones de seres humanos sufran el más terrible menoscabo de su felicidad por ninguna razón en absoluto.
Es inevitable preguntarse cuán enorme y gratuita debe ser una catástrofe para que sacuda la fe del mundo. El Holocausto nazi no lo hizo. Tampoco el genocidio de Ruanda, aunque hubiera sacerdotes armados con machetes entre los autores. Quinientos millones de personas murieron de viruela en el siglo XX, muchos de ellos niños. Los caminos de Dios son ciertamente inescrutables. Parece que cualquier hecho, no importa lo desgraciado que sea, puede ser compatible con la fe religiosa. En los asuntos de la fe, hemos perdido cualquier tipo de contacto con la realidad.
Desde luego, las personas de fe afirman regularmente que Dios no es responsable del sufrimiento humano. ¿Pero de qué otro modo podemos entender la afirmación de que Dios es a la vez omnisciente y omnipotente? No hay ningún otro modo de entender el asunto, y es hora de que los seres humanos cuerdos lo asuman. Se trata del problema histórico de la teodicea, que deberíamos considerar ya resuelto. Si Dios existe, no puede hacer nada para detener las más terribles calamidades o no se preocupa por hacerlo. Dios, por lo tanto, es impotente o malvado. Los lectores piadosos realizarán ahora la siguiente pirueta: Dios no puede ser juzgado por las simples normas humanas de moralidad. Pero, desde luego, las normas humanas de moralidad son precisamente las que los fieles emplean en primer lugar para establecer la bondad de Dios. Y cualquier Dios que se preocupe por algo tan trivial como el matrimonio gay, o el nombre por el que los fieles se dirigen a él durante el rezo, no es tan inescrutable como parece. Si existiera, el Dios de Abraham sería bastante despreciable: no sólo sería indigno de la inmensidad de la creación, sino que sería indigno hasta del propio ser humano.
Hay otra posibilidad, desde luego, y es a la vez la más razonable y la menos odiosa: el Dios bíblico es una ficción. Como ha observado Richard Dawkins, todos somos ateos en lo que concierne a Zeus y Thor. Sólo el ateo ha comprendido que el dios bíblico no es en absoluto diferente de Zeus o de Thor. Por consiguiente, sólo el ateo es lo bastante compasivo para considerar la profundidad del sufrimiento humano en toda su abrumadora realidad. Es terrible que muramos y perdamos todo lo que nos gusta; es doblemente terrible que tantos seres humanos sufran innecesariamente mientras viven. Que gran parte de este sufrimiento pueda ser atribuido directamente a la religión --a los odios religiosos, las guerras religiosas, las ilusiones religiosas y las luchas religiosas por recursos escasos-- es lo que hace del ateísmo una necesidad moral e intelectual. Es una necesidad, sin embargo, que sitúa al ateo en los márgenes de la sociedad. El ateo, sólo por mantenerse en contacto con la realidad, aparece vergonzosamente alejado de la vida de fantasía propia de sus vecinos.
La naturaleza de la creencia
Según varias encuestas recientes, el 22 % de los americanos están totalmente convencidos de que Jesús volverá a la Tierra algún día durante los próximos 50 años. Otro 22 % cree que lo anterior es bastante probable. Seguramente este mismo 44 % de americanos son los que van a la iglesia una vez por semana o más, que creen literalmente que Dios prometió la tierra de Israel a los judíos, y que quieren prohibir la enseñanza del hecho biológico de la evolución a nuestros hijos. Como bien sabe el Presidente George W. Bush, los creyentes de esta categoría constituyen el segmento más cohesionado y motivado del electorado americano. Por consiguiente, sus opiniones y prejuicios influyen en casi todas las decisiones de importancia nacional. Los políticos liberales parecen haber extraído una lección incorrecta de estos acontecimientos y han vuelto su mirada hacia las Escrituras, preguntándose cómo podrían congraciarse con las legiones de hombres y mujeres de nuestro país que votan en gran parte en base al dogma religioso. Más del 50 % de los americanos tiene una opinión "negativa" o "sumamente negativa" de la gente que no cree en Dios; el 70 % piensa que es muy importante que los candidatos a la presidencia sean "firmemente religiosos". La irracionalidad se encuentra ahora en ascenso en los Estados Unidos --en nuestras escuelas, en nuestros tribunales y en cada rama del gobierno federal. Sólo el 28 % de los americanos cree en la evolución; el 68 % cree en Satán. Una ignorancia de este calibre, concentrada tanto en la cabeza como en el vientre de una superpotencia sin rival, es ahora un problema para el mundo entero.
Aunque sea bastante fácil para la gente de buen tono criticar el fundamentalismo religioso, la llamada "moderación religiosa" todavía disfruta de un gran prestigio en nuestra sociedad, incluso dentro de la torre de marfil. Lo anterior resulta irónico, ya que los fundamentalistas tienden a hacer un uso de sus cerebros más basado en principios que los "moderados". Aunque los fundamentalistas justifiquen sus creencias religiosas con pruebas y argumentos extraordinariamente pobres, al menos intentan dar una justificación racional. Los moderados, en cambio, generalmente no hacen más que citar las consecuencias benéficas de la creencia religiosa. En lugar de decir que creen en Dios porque ciertas profecías bíblicas se han cumplido, los moderados dirán que ellos creen en Dios porque esta creencia "da sentido a sus vidas".
Cuando un tsunami mató a cien mil personas el día siguiente al de Navidad, los fundamentalistas interpretaron fácilmente este cataclismo como una prueba de la ira de Dios. Al parecer, Dios había enviado otro mensaje oblicuo a la humanidad sobre los males del aborto, la idolatría y la homosexualidad. Aunque moralmente obscena, esta interpretación de los acontecimientos es ciertamente razonable, considerando ciertas suposiciones (absurdas). Los moderados, en cambio, rechazan extraer cualquier conclusión sobre Dios a partir de sus obras. Dios sigue siendo un perfecto misterio, una mera fuente de consuelo que es compatible con la existencia del mal más desolador. Ante desastres como el tsunami asiático, la piedad liberal es apta para producir las más afectadas y pasmosas tonterías imaginables. Así y todo, los hombres y mujeres de buena voluntad prefieren habitualmente tales vacuidades a la moralización y profetización odiosas de los creyentes auténticos. Ante las catástrofes, sin duda es una virtud de la teología liberal que ésta enfatice la piedad sobre la ira. Vale la pena señalar, sin embargo, que es la piedad humana lo que se revela --no la de Dios-- cuando los cuerpos hinchados de los muertos son arrojados por el mar. Durante días, cuando miles de niños son arrancados al mismo tiempo de los brazos de sus madres y ahogados en el mar, la teología liberal debe revelarse como lo que es --el más vacuo y estéril de los pretextos mortales. Incluso la teología de la ira tiene más mérito intelectual. Si Dios existe, su voluntad no es inescrutable. Lo único inescrutable en estos hechos terribles es que hombres y mujeres neurológicamente sanos puedan creer lo increíble y pensar que es la cumbre de la sabiduría moral.
Es completamente absurdo sugerir, como hacen los religiosos moderados, que un ser humano racional pueda creer en Dios simplemente porque esta creencia le hace feliz, porque alivia su miedo a la muerte o porque otorga sentido a su vida. La absurdidad se hace obvia en el momento en que cambiamos la noción de Dios por alguna otra proposición de consuelo: imaginemos, por ejemplo, que un hombre quiere creer que existe un diamante enterrado en algún lugar de su patio trasero, y que ese diamante es del tamaño de un refrigerador. Sin duda, se sentirá extraordinariamente bien al creer esto. Imaginemos qué pasaría entonces si ese hombre siguiera el ejemplo de los religiosos moderados y mantuviera dicha creencia según líneas pragmáticas: cuando se le pregunta por qué piensa que hay un diamante en su patio trasero y que además ese diamante es miles de veces mayor que ninguno aún descubierto, el hombre dice cosas como las siguientes: "Esta creencia da sentido a mi vida", o "Mi familia y yo disfrutamos cavando para encontrarlo los domingos", o "Yo no querría vivir en un universo donde no hubiera un diamante enterrado en mi patio trasero y que fuera del tamaño de un refrigerador". Claramente estas respuestas son inadecuadas. Pero son peores que esto. Son las respuestas de un loco o de un idiota.
Aquí podemos ver por qué la apuesta de Pascal, el salto de fe de Kiergegaard y otros esquemas epistemológicos fideístas no tienen el menor sentido. Creer que Dios existe es creer que uno se encuentra en alguna relación con su existencia, tal que dicha existencia es ella misma la razón de la creencia de uno. Debe haber alguna conexión causal, o al menos una apariencia de la misma, entre el hecho en cuestión y la aceptación de ese hecho por parte de la persona. De este modo, podemos ver que las creencias religiosas, para ser creencias sobre el modo en que es el mundo, deben ser tan probatorias en el ámbito del espíritu como en cualquier otro ámbito. Pese a todos sus pecados contra la razón, los fundamentalistas religiosos entienden esto; los moderados --casi por definición-- no lo entienden en absoluto.
La incompatibilidad entre la razón y la fe ha sido un rasgo evidente de la cognición humana y del discurso público durante siglos. Una persona tiene buenas razones para creer firmemente lo que cree o lo que no cree. Las personas de todos los credos generalmente reconocen la primacía de las razones, y recurren al razonamiento y a las pruebas siempre que pueden. Cuando la indagación racional apoya el credo, aquélla siempre es defendida; cuando representa una amenaza, es ridiculizada, a veces en la misma sentencia. Sólo cuando las pruebas a favor de una doctrina religiosa son escasas o inexistentes, o existe una evidencia aplastante en su contra, sus defensores invocan la "fe". Dicho de otro modo, los fieles simplemente citan los motivos para defender sus creencias (por ejemplo, "el Nuevo Testamento confirma las profecías del Antiguo testamento", "yo vi la cara de Jesús en una ventana", "rezamos, y el cáncer de nuestra hija comenzó a remitir"). Tales razones son generalmente inadecuadas, pero son mejores que ninguna razón en absoluto. La fe no es más que la licencia que la gente religiosa se otorga a sí misma para seguir creyendo cuando las razones fallan. En un mundo que ha sido dividido por creencias religiosas mutuamente incompatibles, en una nación que se encuentra cada vez más sometida a concepciones propias de la Edad de Hierro acerca de Dios, el final de historia y la inmortalidad del alma, esta división perezosa de nuestro discurso en asuntos de razón y asuntos de fe es sencillamente inadmisible.
La fe y la buena sociedad
La gente de fe afirma regularmente que el ateísmo es responsable de algunos de los crímenes más espantosos del siglo XX. Aunque sea cierto que los regímenes de Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot eran irreligiosos en diversos grados, no eran especialmente racionales. De hecho, sus declaraciones públicas eran poco más que letanías de ilusiones --ilusiones sobre la raza, la identidad nacional, la marcha de la historia o los peligros morales del intelectualismo. En muchos sentidos, la religión fue directamente culpable aún en estos casos. Consideremos el Holocausto: el antisemitismo que construyó pieza a pieza los crematorios nazis era una herencia directa del cristianismo medieval. Durante siglos, los alemanes religiosos habían visto a los judíos como la peor especie de herejes, y habían atribuido todos los males sociales a su presencia continuada entre los fieles. Mientras que el odio a los judíos en Alemania se expresaba de un modo predominantemente secular, la demonización religiosa de los judíos continuó existiendo en Europa. (El propio Vaticano perpetuó el libelo de la sangre en sus publicaciones, en una fecha tan tardía como 1914.)
Auschwitz, el Gulag y los campos de la muerte no son ejemplos de lo que ocurre cuando la gente se hace demasiado crítica con las creencias injustificadas; al contrario, estos horrores son un testimonio de los peligros que conlleva el no pensar lo bastante críticamente sobre ideologías seculares específicas. Está de más decir que un argumento racional contra la fe religiosa no es un argumento para abrazar ciegamente el ateísmo como dogma. El problema expuesto por el ateo no es otro que el problema del dogma mismo --del que toda religión participa en un grado extremo. No existe ninguna sociedad en la historia escrita que haya sufrido porque su gente se volviera demasiado razonable.
Aunque la mayor parte de los americanos creen que deshacerse de la religión es un objetivo imposible, la mayor parte del mundo desarrollado ya lo ha logrado. Cualquier relato sobre un supuesto "gen religioso", que haga que la mayoría de los americanos organicen desvalidamente sus vidas alrededor de antiguas obras de ficción religiosa, debe explicar por qué tantos habitantes de otras sociedades del Primer Mundo parecen carecer de dicho gen. El nivel de ateísmo existente en el resto del mundo desarrollado refuta cualquier argumento de que la religión sea de algún modo una necesidad moral. Países como Noruega, Islandia, Australia, Canadá, Suecia, Suiza, Bélgica, Japón, Países Bajos, Dinamarca y el Reino Unido se encuentran entre las sociedades menos religiosas de la Tierra. Según el Informe de Desarrollo Humano 23005 de las Naciones Unidas, dichos países son también los más sanos, como indican las medidas de esperanza de vida, alfabetismo adulto, ingresos per capita, desarrollo educativo, igualdad sexual, tasa de homicidios y mortalidad infantil. A la inversa, las 50 naciones que ahora se encuentran en el escalafón más bajo en términos de desarrollo humano son fuertemente religiosas. Otros análisis reflejan la misma situación: los Estados Unidos son únicos entre las democracias ricas por su nivel de fundamentalismo religioso y por su oposición a la teoría evolutiva; también son únicos por las altas tasas de homicidio, abortos, embarazos de adolescentes, casos de SIDA y mortalidad infantil. La misma comparativa es cierta dentro del territorio de los Estados Unidos: los Estados del Sur y del Medio Oeste, caracterizados por los niveles más altos de superstición religiosa y de hostilidad hacia la teoría evolutiva, están especialmente afectados por los mencionados indicadores de disfunción social, mientras que los estados relativamente seculares del Noreste se conforman más a las normas europeas. Desde luego, los datos correlacionales de esta clase no resuelven las cuestiones de causalidad --la creencia en Dios puede conducir a la disfunción social; la disfunción social puede dar lugar a la creencia en Dios; cada factor puede fomentar el otro; o bien ambos factores pueden surgir de alguna fuente más profunda de disfuncionalidad. Dejando aparte la cuestión de la causa y el efecto, estos hechos demuestran que el ateísmo es absolutamente compatible con las aspiraciones básicas de una sociedad civil; también demuestran, de manera concluyente, que la fe religiosa no hace nada para asegurar la salud y el bienestar de una sociedad.
Los países con altos niveles de ateísmo también son los más caritativos en términos de la prestación de ayuda extranjera al mundo en desarrollo. El dudoso eslabón existente entre el fundamentalismo cristiano y los valores cristianos también es refutado por otros índices de caridad. Consideremos la proporción entre los salarios de los altos ejecutivos y de los empleados medios: en Gran Bretaña es de 24 a 1; en Francia, de 15 a 1; en Suecia, de 13 a 1; en los Estados Unidos, donde el 83 % de la población cree que Jesús literalmente resucitó de entre los muertos, es de 475 a 1. Parece que muchos camellos esperan entrar fácilmente por el ojo de la aguja.
La religión como fuente de violencia
Uno de los mayores desafíos afrontados por la civilización en el siglo XXI es que los seres humanos aprendan a hablar sobre sus intereses personales más profundos --sobre la ética, la experiencia espiritual y la inevitabilidad del sufrimiento humano-- de un modo que no sea flagrantemente irracional. Nada obstaculiza más el camino de este proyecto que el respeto que concedemos a la fe religiosa. Doctrinas religiosas incompatibles han balcanizado nuestro mundo en comunidades morales separadas --cristianos, musulmanes, judíos, hindúes, etc.-- y estos desacuerdos se han convertido en una fuente continua de conflicto humano. Ciertamente, la religión es hoy en día una fuente activa de violencia, tanto como lo fue en cualquier momento del pasado. Los conflictos recientes en Palestina (judíos contra musulmanes), los Balcanes (serbios ortodoxos contra croatas católicos; serbios ortodoxos contra musulmanes bosnios y albaneses), Irlanda del Norte (protestantes contra católicos), Cachemira (musulmanes contra hindúes), Sudán (musulmanes contra cristianos y animistas), Nigeria (musulmanes contra cristianos), Etiopía y Eritrea (musulmanes contra cristianos), Sri Lanka (budistas cingaleses contra hindúes tamiles), Indonesia (musulmanes contra cristianos timoreses), Irán e Irak (musulmanes chiítas contra musulmanes sunníes), y Cáucaso (rusos ortodoxos contra musulmanes chechenos; musulmanes azerbaijanos contra armenios católicos y ortodoxos) son simplemente algunos ejemplos. En estos lugares, la religión ha sido la causa explícita de literalmente millones de muertos en los últimos 10 años.
En un mundo dividido por la ignorancia, sólo el ateo rechaza negar lo evidente: la fe religiosa promueve la violencia humana a un nivel asombroso. La religión inspira la violencia en al menos dos sentidos: (1) a menudo las personas matan a otros seres humanos porque creen que el Creador del Universo quiere que así lo hagan (el corolario psicopático inevitable es que tal acto les asegurará una eternidad de felicidad después de la muerte). Los ejemplos de este tipo de comportamiento son prácticamente innumerables, siendo el más destacado el de los terroristas suicidas jihadistas. (2) Un número cada vez mayor de personas se encuentran inclinadas hacia el conflicto religioso, simplemente porque su religión constituye el corazón de sus identidades morales. Una de las patologías duraderas de la cultura humana es la tendencia a educar a los niños en el temor y a demonizar a otros seres humanos en base a la religión. Muchos conflictos religiosos que parecen motivados por intereses terrenales son, por lo tanto, de origen religioso. (Que se lo pregunten a los irlandeses.) A pesar de todos estos hechos innegables, los religiosos moderados tienden a imaginarse que el conflicto humano es siempre reducible a la carencia de educación, a la pobreza o a los agravios políticos. Ésta es una de las muchas ilusiones de la piedad liberal. Para disiparla, sólo tenemos que pensar en el hecho de que los secuestradores del 11-S eran universitarios de clase media-alta que no tenían ninguna historia conocida de opresión política. Sin embargo, habían pasado una cantidad de tiempo excesiva en su mezquita local, oyendo hablar de la depravación de los infieles y de los placeres que esperan a los mártires en el Paraíso. ¿Cuántos arquitectos e ingenieros mecánicos deberán volver a estrellarse contra una pared a 400 millas por hora, antes de que admitamos que la violencia jihadista no es un asunto de educación, política o pobreza? La verdad, bastante asombrosa, es la siguiente: una persona puede ser tan instruida que sea capaz de construir una bomba nuclear, y así y todo creer que conseguirá a 72 vírgenes en el Paraíso para toda la eternidad. Tal es la facilidad con que la mente humana puede ser alienada por la fe, y tal es el grado de acomodación de nuestro discurso intelectual a la ilusión religiosa. Sólo el ateo ha observado lo que ahora debería ser evidente para todo ser humano pensante: si queremos desarraigar las causas de la violencia religiosa debemos desarraigar las falsas certezas de la religión.
¿Por qué la religión es una fuente tan poderosa de violencia humana?
Nuestras religiones son intrínsecamente incompatibles entre sí. Jesús resucitó de entre los muertos y volverá a la Tierra como un superhéroe, o no; el Corán es la palabra infalible de Dios, o no lo es. Cada religión hace afirmaciones explícitas sobre el modo en que es el mundo, y la profusión abrumadora de estas afirmaciones incompatibles --que además son dogmas de fe obligatorios para todos los creyentes-- crea una base duradera para el conflicto.
No hay ninguna otra esfera del discurso en la que los seres humanos articulen de manera tan clara sus diferencias mutuas, o en la que expresen estas diferencias en términos de recompensas y castigos eternos. La religión es la única realidad humana en la que el pensamiento nosotros-ellos alcanza una importancia trascendente. Si una persona cree realmente que llamar a Dios por su nombre correcto puede marcar la diferencia entre la felicidad eterna y el sufrimiento eterno, entonces se hace bastante razonable tratar más bien mal a los herejes e incrédulos. Hasta puede ser razonable matarlos. Si una persona piensa que hay algo que otra persona puede decirles a sus hijos que podría poner sus almas en peligro para toda la eternidad, entonces el vecino hereje es en realidad mucho más peligroso que el más sádico violador infantil. Los estigmas de nuestras diferencias religiosas son enormemente más pronunciados que los nacidos del mero tribalismo, del racismo o de la política.
La fe religiosa es un poderoso obstáculo al diálogo. La religión no es más que el área de nuestro discurso en la que la gente se protege sistemáticamente de la exigencia de aportar pruebas en defensa de sus creencias firmemente sostenidas. Y así y todo, estas creencias de las personas a menudo determinan para qué viven, para qué morirán, y --demasiado a menudo-- para qué matarán. Éste es un problema muy grave, porque cuando los estigmas diferenciales son muy pronunciados los seres humanos sólo tienen una opción entre el diálogo y la violencia. Sólo una buena voluntad fundamental de ser razonable --de modo que nuestras creencias sobre el mundo sean revisadas por nuevas pruebas y nuevos argumentos-- puede garantizar que sigamos hablando entre nosotros. La certeza sin pruebas es necesariamente divisoria y deshumanizadora. Aunque no existe ninguna garantía de que la gente racional siempre vaya a estar de acuerdo, indudablemente la gente irracional siempre estará dividida por sus dogmas. Parece sumamente improbable que podamos curar los desacuerdos existentes en nuestro mundo simplemente multiplicando las ocasiones para el diálogo interconfesional.
El objetivo de la civilización no puede ser la tolerancia mutua ni la irracionalidad manifiesta. Aunque todos los partidarios del discurso religioso liberal han acordado pasar de puntillas por aquellos puntos en los que sus visiones del mundo chocan frontalmente, esos mismos puntos seguirán siendo fuentes de conflicto perpetuo para sus correligionarios. La corrección política, por lo tanto, no ofrece una base duradera para la cooperación humana. Si la guerra religiosa debe hacerse inconcebible para nosotros, del mismo modo que ya lo son la esclavitud y el canibalismo, ello sólo será posible si prescindimos de todos los dogmas de fe.
Cuando tenemos razones para creer lo que creemos, no tenemos ninguna necesidad de fe; cuando no tenemos ninguna razón, o sólo tenemos malas razones, hemos perdido nuestra conexión con el mundo y con los seres humanos. El ateísmo no es sino un compromiso con el nivel más básico de honestidad intelectual: las convicciones de una persona deberían ser proporcionales a sus pruebas. Pretender estar seguro de algo cuando no se está --en realidad, pretender estar seguro sobre proposiciones para las que ni siquiera es concebible prueba alguna-- es un defecto tanto intelectual como moral. Sólo el ateo ha comprendido esto. El ateo es simplemente una persona que ha percibido la mentira de la religión y que ha rechazado convertirla en una mentira propia.
de sin dioses
Dios es sólo el producto de nuestros miedos
Por César Cuenca Cáceres
La religiosidad es una racionalización, es decir, es la manera en la que nos mentimos a nosotros mismos o nos autoengañamos para proteger nuestra mente de una realidad que no podemos asumir. Como el hecho de que nuestra mente es un subproducto de una parte del funcionamiento cerebral.
Se trata de un mecanismo de defensa psicológico sin el cual muchas personas vivirían su vida de manera traumática al no poder dotarla de sentido. Esta es la razón por la cual la formación y el conocimiento no son suficientes para evadir la necesidad de esta racionalización. El miedo es la base que mueve esta maquinaria de protección. El miedo a asumir nuestra objetiva finitud existencial; a reconocer que no somos la creación de nadie o que nuestro organismo no es mas que una maquinaria compleja producto de una muy larga evolución basada en la selección de las mejoras del azar. A partir de aquí no es difícil deducir que las personas religiosas lo son porque tienen miedo a la vida, a aceptar la realidad objetiva porque dicha realidad compromete su esquema mental del mundo, un esquema que protege su existencia más allá de la vida y le otorga un objetivo, y sin el cual su particular mundo se desmoronaría y perdería su sentido.
Cuando esta racionalización se restringe al ámbito personal, todo se queda ahí y no implica ninguna otra consecuencia ni tiene mayor trascendencia. El problema radica en que al tratarse de una necesidad psicológica de protección, el autoengaño puede ser insuficiente para protegerse psicológicamente, pues uno mismo puede llegar a dudar de su propia creencia si los demás no la comparten y de ahí surge la necesidad de conseguir difundir el autoengaño a otras personas. Cuantas más personas compartan el mismo sistema de creencias mayor seguridad sentirán cada una de ellas en que su autoengaño es cierto y de esta forma, amparándose en su cualidad numérica, terminan haciendo verdad sus racionalizaciones consiguiendo la seguridad psicológica que necesitan sin tener que cuestionársela. Es así como consiguen dejar de percibir su autoengaño como tal para ser percibido como una verdad incuestionable, si bien, siempre se fundamenta en un dogma y no en evidencias. Si no fuera por lo común del mecanismo sería indistinguible de un trastorno delirante de naturaleza psicótica. Es ahí cuando la frase "es increíble lo que se parecen la estructura de la religiosidad a la de la locura" cobra todo su sentido.
Por otra parte, cuanto mayor sea la necesidad de seguridad requerida por una persona, más proclive será al fanatismo y esto a su vez genera mayor necesidad de imponer sus creencias a los demás y a ser más intolerantes con quienes cuestionan sus ideas fanáticas. Esta intolerancia extrema a la divergencia de opinión es una reacción de defensa ante lo que ellos perciben como una amenaza, pues cualquiera que cuestione sus creencias pone en riesgo su propia estabilidad psicológica, lo que supone un riesgo que no pueden tolerar.
Este mecanismo explica la mayoría de los conflictos religiosos que tantas vidas han costado.
Muchas personas a lo largo de la historia han sido conscientes de este mecanismo de protección psicológica y ha sido utilizado inescrupulosamente para obtener dominio y control sobre la conducta de estas personas que son fácilmente manipuladas apelando a sus miedos. Las instituciones religiosas son el paradigma de esta empresa de la manipulación social que sigue vigente aún en nuestros días, pero también existen otras fórmulas que consiguen parecida manipulación basándose en los mismos principios. Astrólogos, curanderos, homeópatas, futurólogos y toda esta serie de pseudocientíficos son buen ejemplo de ello.
Y es que, después de todo, la realidad sigue su curso a pesar de nuestras creencias...
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de sin dioses
Entrevista al filósofo Michael Onfray (fragmento)
Diferentes caminos han llevado a cientos de hombres y mujeres inteligentes por la opción no-religiosa. Grandes personajes fueron agnósticos como Thomas Henry Huxley, Charles Darwin, y Stephen Jay Gould, o Ateos como Richard Dawkins, Carl Sagan, Steven Pinker. Un estudio llevado a cabo por Larson y Whitam en 1998 reveló que el 93% de los científicos más eminentes de los EEUU no creían en un Dios personal, y este resultado es muy similar en los científicos del Reino Unido, según otra investigación. A pesar de lo anterior en la mente de la mayoría de las gentes el adjetivo de ateo es relacionado negativamente.
Tras la publicación en 2007 de un artículo en el diario colombiano El Tiempo sobre la comunidad no creyente de Colombia (agrupada principalmente en el foro de Escépticos Colombia), se preguntó a los religiosos su opinión sobre este sector de la sociedad, a lo cual respondieron que "ellos mantenían ideas ya superadas en el siglo pasado". Pero a pesar que los ateos son una minoría y que reciben el descrédito y el ataque de los bien financiados líderes religiosos, los ateos no son una especie social extinta. Cabe notar que la mayoría de los Premios Nobel de ciencia son ateos, al igual que la mayoría de la élite intelectual del mundo. Uno de estos intelectuales es el filósofo francés Michel Onfray.
Entrevistando al autor del Tratado de ateología
El filósofo Michel Onfray empezó su vida de forma difícil. Nació en un hogar muy pobre, y a los diez años fué abandonado por su madre en un orfanato. A los 28 años sufrió un infarto, y más tarde dos derrames cerebrales. Onfray vive de forma sencilla y alegre. Tiene bloqueada su cuenta, para recibir solo lo que recibiría de jubilación un obrero agrícola. Ve que la vida debe llevarse de manera que pesé más el ser que el tener.
Para Michel Onfray las religiones son únicamente instrumentos de dominación y de alienación. Afirma que los tres monoteísmos profesan el mismo odio a las mujeres, a la sexualidad y que detestan la libertad. Actualmente trabaja en la Universidad de Caen, Francia y es autor de 35 libros, de los cuales "Tratado de ateología" es uno de los más conocidos por el público hispano. A continuación se presenta un fragmento de la entrevista hecha por Luisa Corradini en Paris el 2007 para el diario argentino "La Nación".
Usted afirma que no fue el orfanato lo que lo convenció de que Dios no existe porque a los diez años ya lo sabía. Sin embargo, suele decir también que los adultos que creen en Dios se equivocan. ¿Qué tenía usted a los diez años que un adulto -incluso analfabeto- no tenga a los cuarenta? ¿No es un poco pretencioso de su parte?
No veo por qué debería ser pretencioso o qué es lo que yo tendría de más. Yo no hablo en esos términos. Son los suyos y es su propio juicio de valor. Para ser claro: creí en Dios mientras creía en el Papá Noel. A partir de cierta edad, todo eso me pareció irracional, sin sentido. Eso no quiere decir que fuera un superhombre o un genio precoz. Probablemente solo se trate de temperamento, de carácter inadaptado a las fábulas.
Usted escribe "los monoteísmos detestan la inteligencia". Pero entonces, ¿qué hacer con todos los genios de Occidente que practicaron alguna de las tres religiones del Libro?
Yo hablo de "monoteísmos" y no de "monoteístas". El monoteísmo es una ideología que, en sus principios, detesta que la gente piense o reflexione y prefiere que obedezca y que se someta a la Ley, a la palabra de Dios y a sus Mandamientos. Que hay monoteístas inteligentes, no esperé su pregunta para saberlo. Y tampoco he dudado de la inteligencia de ciertos monoteístas cuando son inteligentes.
Dejemos a un lado la Iglesia como institución e incluso la Biblia. ¿Cómo sabe usted que, en verdad, Dios no existe? Podría perfectamente existir. ¿Cómo saberlo? ¿No cree que aceptar la duda sería una actitud más filosófica?
La duda no es filosófica, es metodológica y prepara el terreno a la solución filosófica. En otras palabras, se duda un momento en un movimiento que debe concluir en una certeza. Descartes solo utilizó la duda de esa forma. Conformarse con la duda es detenerse a mitad de camino. Además, la duda es una deshonestidad intelectual. Aquellos que reivindican la duda no tienen problemas en reivindicar la certeza de esa duda. La coherencia del escéptico debería llevarlo hasta a dejar de hablar. Un filósofo tiene la obligación de hacer llegar su pensamiento a algún lado. En todo caso, aquellos que afirman algo (por ejemplo, la existencia de Dios) son quienes deben demostrarlo. De lo contrario, bastaría con afirmar cualquier cosa (que los unicornios existen, por ejemplo), pedir a su interlocutor que pruebe que lo que uno dice es una necedad y, frente a su incapacidad para demostrarlo, concluir que lo que se está diciendo es verdad. De esa forma se podría afirmar que las mesas giran solas, que los platos voladores existen, que los horóscopos dicen la verdad.
Usted critica a "los hombres que se embriagan de ilusiones". ¿Está mal? ¿Y si eso les permite ser menos infelices? Usted escribe: "El camino de la verdad filosófica es largo y difícil". Pero hay muchísima gente que nunca tendrá la posibilidad de hacer ese camino. ¿Por qué negarles su propia forma de consuelo a aquellos que creen en algo superior?
Prefiero una verdad que duele a una mentira que calma. Pero cada uno puede preferir el opio de la ilusión a la realidad. Yo le reprocho a la ilusión enemistarnos con la única certeza que tenemos: la vida es aquí, aquí y ahora. Las religiones nos invitan a vivir en la expiación, con el pretexto de que vivir como si uno estuviera muerto aquí nos abrirá la vida eterna una vez muertos. Yo consagro gran parte de mi tiempo -sobre todo cuando creo universidades populares abiertas a todos-, a ofrecer una alternativa filosófica a la propuesta religiosa. Creo que es necesario popularizar la filosofía para reconciliar al hombre consigo mismo, con su cuerpo, su vida, los otros y el mundo, sin que tenga que pasar por todas esas ficciones religiosas.
Cuando un creyente piensa en el universo, imagina una suerte de más allá, donde pone a todos sus seres queridos, sus divinidades y sus ilusiones. Esa dimensión debe de ser imposible de borrar una vez adquirida. ¿Qué hay en la imaginación de un ateo total?
Un mundo exactamente igual de vasto. ¡Qué extraña idea tiene usted del ateo! ¿Lo cree incapaz de imaginación? ¿De vida espiritual? ¡Es curioso que piense en el ateo como una especie de idiota de cerebro limitado, con escasas posibilidades estéticas, emocionales, afectivas y espirituales!
En todo caso, tengo la impresión de que la desaparición de lo sagrado no es inminente. ¿Cree usted en una humanidad sin religión?
Siempre habrá religiones, porque las religiones viven de la angustia y del miedo de los hombres, y porque estamos lejos de haber terminado con los temores existenciales. El ateo está condenado a militar por una causa perdida. Pero poco importa que esté perdida, si es una causa justa. Lo irracional, lo irrazonable, la ilusión, las ficciones disponen de un futuro grandioso, pues el mundo liberal que se prepara en nuestro planeta odia la cultura, que hace retroceder a los mitos, entre ellos, la religión.
Usted escribe: "La autoridad me resulta insoportable; la dependencia, invivible. Las órdenes, invitaciones, pedidos, propuestas, consejos me paralizan". ¿Cómo hace para organizar su relación con los demás, sobre todo con sus allegados?
Desde los 17 años, (cuando dejé mi familia para vivir sin ayuda alguna) construí mi vida a fin de tener que obedecer -¡y mandar!- lo menos posible. No me pida detalles porque tendríamos que consagrar la entrevista a esta cuestión. Digamos que es necesario evitar el matrimonio y los hijos, los honores, la riqueza y las situaciones de poder. Soy soltero, sin hijos, me importan un bledo las condecoraciones, los puestos honoríficos en instituciones universitarias. Vivo muy bien con o sin dinero, porque el dinero nunca fue una obsesión en mi vida, no soy representante de esto ni de aquello. Trato de no deberle nada a nadie. Vivo de mi pluma, y mis lectores, comprando mis libros, hacen posible esta situación social magnífica, casi una vida de rey.
Usted se declara a favor de un hedonismo del ser y no del tener. ¿Me puede explicar?
Es muy difícil en dos palabras. Digamos que todas las cosas que tienen que ver con la posesión (dinero, situación social, riquezas, propiedades, bienes habituales de la sociedad de consumo) no son un fin en sí mismas. Por el contrario, lo que depende del ser (libertad, amistad, amor, afección, dulzura, serenidad, paz consigo mismo, los otros y el mundo) constituye el ideal de sabiduría hacia el que hay que tender. Disfrutar de una cosa no presenta demasiado interés, disfrutar de un momento de sabiduría es uno de los grandes instantes de la vida.
¿Y cuál es la diferencia entre ese hedonismo y el estoicismo?
La oposición entre ambas escuelas suele ser una cuestión de universitarios. Hay que leer las Cartas a Lucilio de Séneca, el estoico. Allí hay cantidad de argumentos epicúreos. En mi libro Contra-historia de la filosofía explico cómo esta oposición entre dos sensibilidades filosóficas fueron instrumentalizadas por Cicerón con fines políticos: era necesario desacreditar a los candidatos epicúreos al Senado, y Cicerón, el estoico, los estigmatizó como voluptuosos e incapaces de ocuparse de la cosa pública. Después, el cristianismo se apoderó de esos argumentos que perduran hasta hoy.
Usted es un filósofo decididamente orientado hacia la modernidad. ¿Qué lugar reserva en su reflexión al psicoanálisis y a las neurociencias? ¿No cree que esta última esté terminando con Freud?
Tengo el proyecto de escribir un libro sobre el psicoanálisis que evitará dar poderes absolutos tanto a Freud como a las neurociencias. Rehabilitaré el psicoanálisis como un chamanismo posmoderno, precisando que el cuerpo no es una cuestión de inconsciente psíquico, sino de inconsciente neurovegetativo.
¿Está usted satisfecho de su vida? Quizás sea ridículo preguntarle a un filósofo si es feliz, pero…
¡Pero yo soy absolutamente feliz! De lo contrario dejaría de escribir lo que escribo, de enseñar lo que enseño y de dar las conferencias que doy por el mundo. A menos que fuese un estafador. Y yo sé que en filosofía también existen los estafadores.